Colaboración Amarillo - Canale - Estevez

“Crezcan como buenos revolucionarios. Estudien mucho para poder dominar la técnica que permite dominar la naturaleza. Acuérdense que la revolución es lo importante y que cada uno de nosotros, solo, no vale nada. Sobre todo, sean siempre capaces de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. Es la cualidad más linda de un revolucionario.”

Fragmento de carta de Ernesto “Che” Guevara a sus hijos
Fotografía: Florencia Canale.

Mi 9 de setiembre empezó muchos años atrás, con la carta que el Che escribía a sus hijos. Era el primer track de la reedición del disco donde conocí la voz de mi padre, veinte años luego de su muerte. Mi 9 de setiembre empieza en la casa que llevaba adelante mi madre, profesora incansable, viuda con 40 años y cuatro hijas mujeres en su mochila. Mi 9 de setiembre empezó en un matriarcado de crianza horizontal, donde mi hermana mayor, después de muchas horas de trabajo y 16 años de edad, traía la leche a casa. Donde mi hermana con siete años más que yo, nos preparaba galletitas maría rellenas con dulce de leche para llevar de merienda a la escuela, en las bolsitas rosadas que traían en ese entonces las toallitas higiénicas. Empezó conmigo protegiendo a mi hermana menor, sobreviviente del accidente que nos obligó a reinventarnos como núcleo familiar. Juntas. Éramos cinco mujeres contra los obstáculos que nos proponía el mundo. Esa fue la primera sororidad que conocí y la que me trazó, sin saberlo, el camino que me llevó al Encuentro de Feministas Desorganizadas.

Y así como el mío, había muchos 9 de setiembre reunidos en aquella sala. No había una historia igual a la otra, pero no nos importaba, no estábamos allí por afinidades o lugares comunes. Nos reunían las inquietudes, los disgustos, el cansancio. La rabia quería transformarse en energía y era lo único que sabíamos y teníamos claro. Nos veíamos en los ojos de nuestras compañeras. Nos reunía la felicidad y las ganas de encarar una lucha juntas. Una lucha emancipadora, una lucha por nuestras libertades colectivas. Cada una venía aferrada a sus dioses, producto de toda una historia, pero ese día decidimos que no fuera lo único que nos definiera. Ese día cada una fue a transformarse en la compañera que tenía sentada a su lado, de la que en muchos casos desconocía hasta su nombre. Nos tendimos las manos. Nos propusimos un compromiso del que nunca nos habían hablado.

La organización llevó meses de trabajo. Nos reuníamos semanalmente, pero discutíamos los documentos a diario. Las herramientas digitales fueron acortadoras de distancias, optimizadoras de los tiempos que cada una manejaba en su cotidiano vivir. En la organización, habían mujeres de 16 años, con sus parciales, liceos, familias a cuestas, y mujeres de 40, con sus trabajos, sus cuentas, sus transas cotidianas con el mundo. Mujeres de muchos puntos del país y mujeres colaborando desde el exterior. Fuimos a nuestros quehaceres muchas veces sin dormir, las reuniones tenían inicio pero nunca final. Entre tareas, leíamos actas, reformulábamos estrategias. Y, sobre todo, nos cansábamos mucho.

Una semana antes del encuentro, además de compartir lo inherente a lo organizativo, intercambiábamos muchas horas destinadas a la emoción, al llanto cansado pero feliz, al miedo. Pero algo faltó. Algo que nos advertían en los libros, telenovelas, películas, escuelas y círculos sociales. Algo que no sucedió. No se lo dije a mis compañeras, pero me asustó por un breve momento: nunca, en todo el proceso, nos habíamos peleado. Sí habíamos intercambiado, discutido, chocado, pero siempre todo había terminado en un acuerdo productivo. Me asustaba ese esquema organizativo, seguro nos estábamos olvidando de algo. Algo que nos tenía que hacer explotar. El día antes, le dije a mi compañero, “Estoy segura de que algo va a fallar. Algo nos va a faltar, una lapicera, una oradora, un papel impreso, algo, porque nunca en todo este proceso desgastante tuvimos un momento para gritarnos o enfrentarnos las unas a las otras.” El 9 de setiembre no faltó nada. Ni pilas, ni lapiceras, ni mujeres. El horario fue el que craneábamos, las charlas superaron nuestras expectativas. Las mujeres se habían organizado. Quienes no fueron parte del armado, adecuaron sus vidas para asistir, llevaron comida para sus compañeras, le pusieron amor a su asistencia. Y allí, el primer día que nos reunimos, ya estábamos tirando abajo una de las armas más fuertes de dominación patriarcal: las mujeres nos habíamos organizado. Y fue la organización más brillante que yo haya visto en toda mi existencia. Si muchas mujeres juntas es para lío, deberíamos entonces redefinir lío, como tantas redefiniciones que nos estamos debiendo. Nos miramos a lo largo del encuentro, siempre sorprendidas de lo que estaba sucediendo, y nos sonreíamos. No precisábamos palabras. Habíamos ganado la primera de nuestras batallas. Juntas. Espalda con espalda.

Me es difícil hablar sobre mi 9 de setiembre, porque es un día que aún no termina. Todavía me llegan mensajes y repercusiones, todavía lo pienso y lo lloro emocionada. Todavía me movilizan las postales que me llevé de ese día. Los abrazos con mis compañeras de trabajo. El “rezongo” muy atinado y emocionante de una compañera que conocí sobre el final. La mujer que, sentada entre muchas y sin conocer a nadie, dijo “éste es mi lugar en el mundo”. La que llegó a dedo desde el centro del país en medio de la lluvia. La que atravesando una de las tristezas más grandes de su vida, decidió no faltar a la cita. El llanto del final abrazada a la hermana que me armaba las galletitas con dulce de leche para la merienda. Una sala repleta de mujeres fuertes, con sus caminos diversos queriendo armar uno en conjunto. Y como estas historias, ciento cincuenta más. Oficiamos de cadetas, de coordinadoras, telefonistas, gestoras, comunicadoras. Aprendimos las unas de las otras. Nos intercambiamos lecturas, crecimos juntas. Caminamos bajo lluvia trasladando la utilería. Cortamos etiquetas en los descansos de los trabajos. Convertimos Telegram en una tatucera de amor y compromiso.

Ese sábado reivindica la expresión “el día más largo de mi vida”. Hoy su connotación es positiva y espero sea un día que dure para siempre. No me alcanza el cuerpo para expresarlo, pues el mundo se empeñó en ocultarnos hasta las palabras que describen este sentimiento tan revolucionario. Hoy para mí podés sentirte enojada, feliz, triste, alegre, o podés también sentirte “9 de setiembre”. Gracias compañeras, por elegir encontrarnos en el Feminismo con nuestras diversidades a cuestas.

Amalia Amarillo
Fotografía: Cecilia Estevez.