Fachada Suprema Corte de Justicia

8 Nov 2020 | Contenidos

El sábado 7 de noviembre comenzaron las Jornadas de Debate feminista 2020.
La mesa de cierre, “Desafíos Actuales para los feminismos” estuvo a cargo de Lilián Celiberti, Soledad Castro Lazaroff y Ana Cristina González Vélez (Colombia).

Además de quienes nos acompañaron de forma presencial en la Plaza , muchas personas siguieron la exposición de las tres integrantes de la mesa de forma virtual.
Dado el interés y las consultas que recibimos, recordamos que los videos de las mesas centrales se pueden encontrar en las Redes Sociales de Cotidiano Mujer.

A continuación compartimos la exposición presentada por Soledad Castro Lazaroff 

Desafíos para los feminismos en el contexto de hoy

Soledad Castro Lazaroff

Este texto fue leído en la mesa central de las Jornadas de Debate Feminista que se desarrollaron en la plaza Las Pioneras el 6 y 7 de noviembre de 2020. Agradezco la invitación.

 Los desafíos son tantos que resultan imposibles de nombrar. Intentaré poner algunas palabras en lo inefable, en el entendido de que seguramente se quedarán muy cortas para todo lo que tenemos por delante en estos años que, seguramente, serán años muy duros, muy difíciles desde muchos puntos de vista. Pero acá estamos, juntes, y eso siempre es una buena noticia. Y si alguien sabe de resiliencia y de resistencia, somos nosotres.

Los desafíos del feminismo son de orden personal y colectivo. Personal no solamente por la necesidad de transitar la adquisición de la teoría y la práctica feministas sino porque eso nos exige todo el tiempo habitar conflictos, disputar sentidos, discutir, confrontar, levantar la cabeza y soltar la voz. La teoría y la práctica feministas, que son integrales y complementarias, nos colocan en una posición de distancia, de extrañamiento con respecto a nosotres mismes. A las más calladas nos hace hablar, a las más habladoras nos obliga a callar, a las más impulsivas nos hace refrenarnos, a las más calculadoras nos hace arriesgar. Nos corre de lugar porque es un conjunto de métodos para la creación, abarca maneras diversas de inventar el mundo. Pero también nos exige mirarnos al espejo, ser capaces de vislumbrar nuestras contradicciones y no escapar de ellas, meternos adentro de las sombras de nuestras contradicciones y explorar. Curiosear, mirar más, escuchar mejor, aunque nos dé miedo. Aprender a dudar, a vivir dudando. Eso es muy importante porque nos transforma en sujetos, nos obliga a tomar conciencia. El despertar de la conciencia feminista es un proceso básico, fundamental, en el trabajo sostenido para la emancipación. Pero esa duda continua nos pone en una posición de extrema vulnerabilidad, tiene que ver con perder pie, con que se te mueva el piso. El piso de una feminista se mueve sin parar. ¿Cómo se sostiene un cuerpo que no vuela si no tiene piso? Te volvés feminista y lo que tenías construido se empieza a fisurar, cada vez más mientras pasan los años. Mucho de lo que creías cierto, de lo que entendías como seguro, empieza a transformarse en otra cosa. Es como las paredes cuando se rajan y ahí, justo ahí, nace una plantita. Nace un yuyo, nunca una planta ordenada y elegante. Nace un yuyito verde, una esperanza.

Para describir este proceso de cambio, algunas compañeras usan la metáfora de lo monstruoso, de la mutación. Tiene que ver con descubrir que no tenías ni idea de un montón de cosas, que no te dabas cuenta de toda la violencia que tenías internalizada y naturalizada. Los feminismos son un camino de autoconocimiento y eso, al final del día, es lo que impide que se conviertan del todo en una moda, es la trampa que podemos hacerle al mercado, que es tan eficiente y veloz para apropiarse de nuestras consignas. Ese camino de autoconocimiento nunca es lindo ni feliz ni pausterizable ni marketinizable, porque es incómodo y doloroso. Porque nombrarse es poderoso: si te decís feminista, si te llamás a vos misma feminista, el movimiento te toca la puerta, te desafía, te pide compromiso, te obliga a salirte de vos misma, de tu ego. Te empuja y te empuja para que empieces a verte como una más en el montón de las otras. Y para que, a partir de tu propio cambio, aprendas a dar algo a cambio. Ese camino de autoconocimiento es duro porque te hace salir de vos, de tu propia historia, y ver que sos una entre muches más, gestionando las tareas, sosteniendo la vida, cumpliendo un montón de roles que no elegiste nunca. Que no pensabas que podían elegirse, que creías que eran tu destino. Cuando empezás a tener noción de todo lo que no elegiste, de lo que tus madres y tus abuelas no eligieron porque no pudieron, empezás a entender que no sos la única, ni la que más hizo para salir adelante, ni la más heroica, ni la más linda, ni la más deseada, ni la más inteligente, ni la mejor amiga, ni la más talentosa ni la que mejor coge ni la más fiel ni la más buena ni la que más se sacrifica. Sos una más, y ahora sabés que todo eso que te pasa no te pasa solo a vos. Es algo bueno, no hay duda, porque no estás más sola. Pero el reconocimiento de que no estás sola viene despacio, es como un regalo, como un consuelo que vas registrando con el tiempo. Empezar a pertenecer a nuestro movimiento da miedo porque, antes que nada, supone una renuncia a la individualidad capitalista y patriarcal. Abandonar el “hacé la tuya”, el “me salvo yo”, la idea de que lo que te tiene que preocupar es tu propio confort y que con eso alcanza. Durante mucho tiempo muchas personas entendieron y divulgaron que la resistencia consistía en sostener una individualidad, y los feminismos vienen a decir que eso sí, pero con eso no alcanza. No alcanza con ejercer una resistencia en solitario, la emancipación implica, necesariamente, ser con otras y con otres. Nuestra emancipación implica a les demás, también depende de las otras, y por eso nos enfrenta al espejo y nos da miedo.

Volverse feminista y practicar el feminismo con otres te hace preguntarte sobre la manera en la que utilizás tu tiempo, cómo tomás las decisiones, qué priorizás, qué ponés adelante. Todas las personas que amamos están llenas de problemas y nosotres también. Pasan los gobiernos y algunos problemas se agravan, otros siguen ahí porque son estructurales al patriarcado y al poder del capital, de las corporaciones, y a la acumulación obscena de la riqueza. Tenemos cada vez más problemas. Estamos rodeadas de demandas constantes, de un afuera poderoso que nos atraviesa y nos utiliza, que se alimenta de nuestra energía vital, de la fuerza de nuestro cuerpo. Que nos garantiza cada vez menos derechos. Un sistema en el que los bienes comunes se encuentran amenazados, pero, además, las personas están en un estado de adormilamiento general. Eso que el cine muestra en la metáfora de los zombies, la idea de personas que están muertas en vida porque solo se definen como consumidores. El capitalismo nos hace entrar como en un sopor, como en un estado de tontería. Nos domestica, nos aplasta. Pero el feminismo nos obliga a pensar, nos despierta. Nos llena de preguntas. Nos obliga a mirarnos el cuerpo y, como dice la querida compañera Lucía Naser, nos enseña a observar cuáles son las coreografías que hacemos en nuestra vida cotidiana, y quiénes se quedan con el provecho final de esos movimientos. Nos obliga a preguntarnos qué es lo que nos quitan las danzas del consumo, cuál es el costo humano que se esconde detrás de ese momento en el que agarramos el carrito y lo empujamos por la góndola. Practicar el feminismo nos obliga a preguntarnos por las que están afuera de las góndolas porque no las dejan entrar, porque para ellas no hay, porque son consideradas improductivas, porque tienen que estar afuera para que el sistema funcione.

Si queremos hacernos esas preguntas, si consideramos que desnaturalizar las formas de vida en las que nos educa el capitalismo es una de las tareas fundamentales, tenemos que tener tiempo para hacerlo. Si queremos pensar a les otres, con les otres, tenemos que dedicarle tiempo a eso. Tiempo real. Uno de los desafíos de hoy en día es, sin duda, cómo hacemos para tener tiempo para desarrollar y profundizar nuestro feminismo, porque el capital nos quita el tiempo, se alimenta de nuestro tiempo. Y porque estamos llenas de problemas. Tenemos que gestionarnos tiempo para pensar, leer, escribir, enojarnos, llorar, jugar, gozar, encontrarnos, militar sin que nos paguen, por la voluntad de hacerlo. Y también para encontrarnos los cuerpos, porque encontrarse con otro cuerpo desde el cariño, la paciencia y el cuidado también lleva tiempo. Aprender a amarse lleva tiempo. Y ahora, con los miedos nuevos que nos surgieron de esta situación de pandemia, más que nunca. Necesitamos tiempos y espacios para encontrar nuestros cuerpos con otros cuerpos, para desaprender las formas del amor que nos impusieron e inventarnos otras.

A las feministas el piso se nos mueve constantemente, sin parar, así que capaz que lo que nos queda es volar, como hacían las brujas. Capaz que las brujas volaban porque el piso se les movía todo el tiempo. Si dedicamos una buena parte de la vida a romper nuestra percepción del mundo, a romper con lo que creíamos que estaba bien, estamos fisurando la idea misma de piso, ya no tenemos necesidad del piso y se empieza a armar otra cosa, otro abordaje de lo sensorial. Pero lleva tiempo y es un camino vulnerable porque parte de la capacidad de sostener un estado de desequilibrio profundo, una situación de inestabilidad constante. Y la inestabilidad tiene un costo. Nos cuesta vida. Nunca llegamos a ningún lado. La utopía postpatriarcal puede funcionar como un horizonte pero, ¿tenemos tiempo para soñarla? ¿Cómo sería? ¿Somos capaces, en la práctica, de salir de la idea de familia nuclear? ¿Qué implica, por ejemplo, la construcción de comunidades dentro de la ciudad, que puedan dialogar con ideas de comunidad que provengan de otros lugares, de otras formas de comprensión del mundo? ¿Qué quiere decir cuidar en comunidad a les niñes, a las personas viejas y en situación de enfermedad? ¿De dónde sacamos el tiempo necesario para construir otras familias que no sean las de sangre? Porque hay que pasar tiempo juntes para criar juntes, para quererse, para hermanarse. Tiempo para no ser la norma, para no adaptar nuestros feminismos a la norma, para no apurarnos y poder hacer el camino largo.

Otro desafío es hacer que esa ruptura personal, ese esfuerzo por gestionar nuestro tiempo y nuestro cuerpo y nuestra afectividad de otras maneras, ese esfuerzo constante por no ser la norma heteropatriarcal o al menos poder salir de ella un rato, esa fisura que decidimos hacernos a nosotras mismas en la percepción del mundo y del tiempo y del espacio tiene que poder conectar con otras personas que también están rompiéndose, a quienes también se les está moviendo el piso. Y no hay una linealidad única, podemos hacernos las lindas y decir que alguien está “más adelantade” o “más atrasada” pero eso, en realidad, no existe, porque no hemos tenido el suficiente tiempo para poder ponernos de acuerdo en hacia dónde queremos ir. Siento que el plural que usamos, “los feminismos”, que por un lado es súper importante porque nos ayuda a habitar la pluralidad, también nos resuelve el problema, nos lo saca de encima, nos ayuda a esquivar la ardua tarea de darnos tiempo para ponernos de acuerdo y coordinar el vuelo. No es fácil porque es todo romperse, quebrarse, volverse a armar, y encima cuando una siente que ya un poco hizo y un poco se despegó del piso tiene que tener la capacidad de negociar con otre que viene de otro proceso, de otra materialidad, de otra territorialidad y de otra identidad. De otre que es otre, y que incluso puede percibir y vivenciar el feminismo de una manera muy diferente.

Pero quiero volver a que si lo que no se nombra no existe, no podemos simplemente resolver los desacuerdos sin nombrarlos, tapándolos, y creer que para lograr la unidad de lo plural alcanza con poner una s al final de un sustantivo. Tenemos que tomarnos el tiempo necesario para gestionar acuerdos y transformarlos en escenarios de gestión común que podamos imaginar y soñar pero, a la vez, que podamos habitar en el orden de lo real. Tenemos que concretar cosas, alcanzar logros y reconocerlos como propios, y también festejarlos. A veces festejamos poco lo que logramos porque nos corre la urgencia. Necesitamos tiempo, sin duda tenemos que defender nuestra gestión del tiempo. Pero así como concretamos y logramos cosas, es vital seguir imaginando. Gran parte de la izquierda perdió la imaginación, y más allá de nuestras pertenencias ideológicas deberíamos poder aprender de eso. Imaginar en conjunto la utopía post patriarcal y aprender a desearla, desearla mucho, es una gran parte de la tarea.

Me gusta la metáfora del vuelo porque implica el cuerpo, porque el desafío de los feminismos también es ponerle el cuerpo al discurso, ponerle boca a la palabra. Hay que ser valiente, agarrar la escoba y probar en serio, saltar al vacío. Y cuando una intenta vivir como cree que hay que vivir, cuando intenta hacer lo que cree que hay que hacer, el sistema patriarcal te atrapa. Agarrás la escoba y tomás carrera y decís bueno, ahí voy, me largo, uno, dos, tres, vuelo un rato y llego hasta esa azotea de allá, y de pronto sentís la cadena atada al tobillo. Y te duele como la mierda, te duele de verdad. Y la cadena se resiste, y te encierra, y muchas veces te enloquece. La violencia toma un montón de formas diferentes, es eso que te detiene o te golpea. Y esas violencias se van sucediendo en el tiempo, se graban, se acumulan, y esa puteada esa descalificación ese desprecio esa piña esa patada ese acoso ese abuso esa violación se reeditan, los aprendiste, creés que son lo único que hay, lo que te toca. La violencia se perpetúa adentro, en la cabeza y en el corazón, y no nos queda otra que aprender a defendernos porque bueno, hay que sobrevivir. Pero uno de los desafíos de los feminismos es disputarle al neoliberalismo la imagen de vida que nos ofrece. Los feminismos latinoamericanos amplían la idea de supervivencia y buscan convencernos de que no alcanza con sobrevivir, nos merecemos vidas dignas de ser vividas, esta consigna que traían las compañeras chilenas, hasta que la dignidad se haga costumbre. Vivir una vida digna no es solo sobrevivir sino tener una buena vivienda, alimentación sana y balanceada, un sistema de salud gestionado por personas que no nos violenten, que no nos cosifiquen ni nos estandaricen. Un sistema de salud que nos brinde tiempo, que vaya despacio, que nos escuche y nos respete. Vivir una vida digna es tener buen transporte público, tener acceso a la educación y a la cultura, a la educación sexual, a la comprensión cabal de la tecnología. Es poder habitar las plazas y los espacios comunes, estar cerca de la naturaleza; tener afecto, amor, la sexualidad que queramos tener. Tener una vida digna es que alguien nos mire, nos conozca, se tome el trabajo de querernos; que haya herramientas para poder hacer lo que necesitamos hacer, que tengamos redes de cuidado, libertad para ir y venir, libertad para acostarnos con quienes nos dé la gana, libertad para sentir deseo y gozar, libertad para poder estar cerca de otras, libertad para ser con una misma y con les demás. Una vida digna nunca puede ser una vida virtual, compañeras. No hay feminismos sin cuerpo, no hay feminismos sin riesgo. No creo que exista un feminismo de la seguridad; volar hacia el vacío nunca puede ser seguro.

Esa violencia, esa cadena que nos impide el vuelo también nos la ponemos entre nosotras. Esa violencia existe entre las mismas feministas, y eso es lo que más duele. Las violencias patriarcales que ejercemos entre nosotras muchas veces son expulsivas, y nos cuesta muchísimo transitar los desacuerdos. A veces, demasiado. Aprendimos que teníamos que ser como un bloque porque colocar nuestras discrepancias en el debate público tiene un costo enorme. Pero no somos un bloque, y ese plural que no negociamos, lo que no sabemos cómo decirnos, lo que nos decimos de maneras violentas, el respeto que no nos otorgamos, el pacto de confianza con el que muchas veces no nos comprometemos, se nos vuelve en contra. La práctica de la inclusión empieza entre nosotras, y no es fácil. Eso sucede en general, pero me gustaría poner el foco en dos de los muchos debates que nos están enfrentando hoy.

Uno es el que insiste en separar a las mujeres que ocupan cargos institucionales de aquellas que son feministas autónomas. De verdad creo que ese corte es inoperante, y que no aporta a la consecución de ciertos desafíos que tenemos que encarar juntas. Desanudar ese enfrentamiento exige que nos demos cuenta de que, sin el movimiento social independiente empujando y empujando, las feministas que están adentro de las instituciones, de las organizaciones, de los partidos, de la Universidad, del sistema judicial y de salud, del sistema educativo; las feministas que están disputando adentro de sus espacios para bajar recursos, para modificar las respuestas institucionales, para buscar caminos intermedios, no tienen chance de avanzar. Es decir, quienes están adentro de las instituciones tienen que darse cuenta de que no pueden solas, de que necesitan que hayamos otras empujando y reclamando y rompiendo los ovarios sin parar para respaldarlas, porque hoy en día y más con las derechas y los fascismos, y los totalitarismos operando en nuestra contra, para modificar realidades concretas necesitamos aumentar nuestra incidencia social, cultural, en la opinión pública. Las feministas que trabajan dentro de las instituciones y del Estado también deben poder ser conscientes de que las instituciones siempre nos traicionan porque son patriarcales: los partidos políticos nos traicionan, la institucionalidad democrática nos traiciona, las financiaciones internacionales nos traicionan, la justicia liberal nos traiciona. Esa traición existe de forma sistemática y es necesario y respetable pelear desde adentro contra ella, pero las compañeras feministas leales al movimiento social no deberían defender a rajatabla esa institucionalidad. Creo que está bueno que puedan tener, siempre, un pie adentro y un pie afuera, sin que esa mirada autocrítica socave su autoestima o reduzca el sentido de su trabajo.

Por otro lado, quienes no están dentro de las instituciones y no tienen una militancia rentada, y que en general habitan feminismos más pobres, con menos recursos, feminismos autogestionados que tienen un valor impresionante porque, a mi entender, y mal que le pese a la academia, esos feminismos pobres y populares son la vanguardia de nuestro movimiento; esas compañeras que construyen y habitan esos feminismos tienen que poder tener paciencia con algunos procesos y no culpar a las compañeras de esas traiciones institucionales, de lo que no se puede, de lo que aún no se ha podido. La práctica de la acusación sistemática entre feministas no puede ser nunca nuestra única práctica política. Los feminismos autónomos tampoco son puros ni perfectos, y hay algunas derrotas institucionales que también los afectan directamente. Entonces tenemos que aprender a tenernos paciencia, accionar juntas, encontrar tiempo para vernos las caras, para vulnerabilizarnos y comprendernos, para decir lo no dicho y tener empatía con el lugar que ocupa cada una, cada une. Porque al fin y al cabo no se trata de hacer un recuento de los privilegios que tenemos; se trata de ver qué hacemos con esos privilegios. Creo que si logramos mitigar esa dicotomía entre las que habitan espacios institucionales y las que no, y juntamos fuerzas y recursos, cuidándonos entre todes, podemos alcanzar una potencialidad nueva, una potencialidad que nos permita, por ejemplo, jaquear al sindicalismo y tener un frente feminista obrero en este país, o lograr garantizar la educación sexual de una vez por todas dentro de la educación pública, o encarar de forma masiva el reclamo por el presupuesto para la reglamentación de la Ley contra la Violencia Basada en Género, entre otras muchas cosas importantísimas, metas en las que tenemos que ponernos de acuerdo. Tenemos que tener tiempo para ponernos de acuerdo.

El otro debate que me parece que no podemos obviar es el que asume la existencia de un feminismo transexcluyente, que vuelve a la biología y a la genitalidad como forma de comprensión de nuestros cuerpos y del mundo. Para mí es muy difícil tener ese debate. A mi entender, el solo hecho de pensar en la exclusión de las personas trans es un gesto patriarcal, antifeminista, que desconoce la historia de lucha de nuestros procesos latinoamericanos, desconoce los trayectos de compañeras tan importantes como Lohana Berkins o Diana Sacayán, pero también acá en Uruguay desconoce a nuestras compañeras trans, tantas compañeras increíbles que llevaron adelante la campaña de la Ley Integral Trans, que protagonizaron con orgullo una articulación entre lo institucional y el movimiento social que es un ejemplo para la lucha por la emancipación de la vida en nuestro país y en América Latina. Ese desconocimiento, ese desprecio por nuestra propia historia, resulta inadmisible y muy difícil de transitar para muchas de nosotras. No tengo una respuesta sobre qué hacer con eso, pero considero que urge nombrarlo porque hay muchas chiquilinas jóvenes que piensan que esa es la radicalidad, que construyen su identidad en disputa con los propios feminismos que las rodean, y eso es lo menos radical que hay porque se saltea lo verdaderamente incómodo, lo más incómodo, que es la apertura a que las personas somos personas y que no hay genitalidad que nos garantice nuestra forma de proceder en el mundo.

Procesar nuestros debates, tener el tiempo para estar juntas y juntes, tener paciencia para nombrarnos, vulnerabilizarnos y comprendernos es urgente porque nosotras mismas, nosotres mismes, somos lo único que tenemos.  No tenemos mucho más que nuestra capacidad de unidad. Y en este tiempo tenemos que trabajar en sostenernos y en llegar a todas, a todes. Llegar a todas las que están siendo violentadas, violadas dentro de sus propias casas, torturadas, desaparecidas. Juntas para saber dónde están nuestras gurisas, juntas para seguir buscando. Nuestra unidad, nuestra red, es lo único que tenemos para intentar sostener a las cientos de compañeras que no tienen trabajo o que se están quedando sin trabajo. Sostener a las madres, que a partir de que son madres pierden alrededor de un 40% de su salario, por más que trabajen el doble. Sostener a las compañeras que sufren represión sistemática por su condición social y racial. Sostener a las compañeras trans, a les compañeres no binaries, que enfrentan violencias difíciles de imaginar por su gravedad constante. Sostener a les compañeres a quienes se les niega su derecho a ser. Sostener a las compañeras migrantes, ahora que el control sanitario es la excusa perfecta para levantar muros, cerrar las fronteras, fogonear la xenofobia. Necesitamos unidad para sostener a las compañeras a las que ningunean y verduguean en sus propios sindicatos; a las compañeras manicomializadas y presas, a las compañeras pobres. Sostener a las compañeras gordas, con cuerpos no hegemónicos; a las que han sufrido y sufren violencia sexual, las que tienen padres, abuelos, hijos, hermanos abusadores, a las compañeras que están en situación de discapacidad. Unidad para sostener a las compañeras que transitan la tercera edad abandonadas, maltratadas, solas. Cómo nos sostenemos, cómo llegamos a todas, ese desafío inmenso nos necesita juntas, juntes. Lo único que tenemos es nuestro movimiento, después podemos entrar y salir, pedir otros recursos, pero lo único real con lo que contamos es nuestra lealtad unas con las otras, unes con les otres, nuestra paciencia y nuestra capacidad de amor. No tenemos mucho más, pero eso es mucho. Ese es nuestro conjuro, el secreto que dejaron las abuelas, y es poderoso. Si logramos tenernos paciencia y gestionar el tiempo necesario para aprender a escucharnos y a comprometernos con un pacto de confianza con el que podamos cumplir, eso es mucho de verdad.

Quisiera poner una última palabra sobre la situación de las infancias y el adultocentrismo en el que vivimos. En estos días le compañere Micaela Palermo, que tiene un enorme talento a la hora de sintetizar nuestras luchas en imágenes y consignas, contaba que pintó un mural sobre la diversidad con niñes en una escuela, con una bandera de la diversidad, y les docentes y las autoridades de la escuela fueron y blanquearon la bandera para “no tener lío” con las familias. Eso es algo terrible, porque es una imagen muy fiel del lugar que otorgamos a las infancias en nuestro mundo. Basta de huirle al lío, nosotras somos el lío porque somos el fuego del cambio, el vuelo compartido que viene a transformarlo todo. Somos las nietas de todas las brujas que nunca pudieron quemar, ni podrán. Y tenemos que volar juntes y armar lío, y ser capaces de sostener el lío, para que no haya más niñes ni jóvenes a quienes les pinten su bandera y les quiten su derecho a ser diversos, diversas y diverses, que es el derecho a la existencia.

Compañeras, compañeres, me da un poco de vergüenza hablar aquí porque están todes ustedes enfrente mío, tantas mujeres que admiro, tantas personas con quienes construimos todos los días la vida, la verdad es que con todas las imposibilidades y las contradicciones que sea celebro nuestra presencia, nuestros abrazos, nos celebro, celebro estas jornadas de encuentro. Me hace feliz tenerlas y tenerles cerca, no sé muy bien qué haría sin ustedes porque en el enojo, en la diferencia, en todo lo que implican nuestros profundos desacuerdos, es aquí, en nuestro movimiento, donde siento que pertenezco, y eso es una forma de volar. No muy alto, nunca muy lejos, pero volar al fin, flotar en un sentido compartido, comunitario, cooperativo, donde sabemos que nos tenemos, que nos separan nuestras historias tristes pero existe una base de cooperación que no se rompe nunca.

Celebro este espacio, estas jornadas, nuestra capacidad de poner palabra juntas. Las invito a debatir desde el cariño, desde la paciencia, bajándonos de lógicas que no nos aportan, surfeando la realidad porque sé que somos capaces de eso y de todo lo que nos propongamos, porque nos mueve el deseo.

Gracias infinitas por salvarme la vida, una y mil veces. Se va a caer. Salú.

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